Índice

1. Inventar la tradición para contar la revolución: los escritores públicos descubren la clave de la historia.

2. Protestar y agitar: intelectuales como conciencia de la multitud.

3. Despertar a la nación dormida: intelectuales como artífices de identidad nacional.

4. Penetrar, educar y conducir a la masa: la intelectualidad como minoría selecta.

5. Hacer política: intelectuales en partidos o partidos de intelectuales.

6. De sociales a antifascistas: los intelectuales y la causa del pueblo.

7. Tarea del intelectual católico: reconquistar para Cristo la sociedad y el Estado.

8. Misión del intelectual fascista: construir un Estado totalitario para realizar la unidad de la nación al servicio de un destino universal.

9. Excluyentes y comprensivos: Intelectuales como dueños de la memoria y políticos de la cultura.

10. Raíces morales de una disidencia política: Intelectuales, marxismo y lenguaje de reconciliación.


Introducción


El acuerdo es unánime: la voz "intelectual" apareció como sustantivo en la década de 1890 para designar a una categoría especial de escritores en Francia y, desde el affaire Dreyfus, se extendió rápidamente por todas partes en los últimos años de siglo XIX. En España, Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu se cuentan entre los primeros que percibieron el nuevo uso y que emplearon sin reparos el sustantivo para definir, en el clima moral dominante a raíz del desastre de 1898, a una categoría de escritores en la que ellos mismos de buena gana se incluían. "No somos más que los llamados, con más o menos justicia, intelectuales y algunos hombres públicos los que hablamos ahora a cada paso de la regeneración de España", escribió Unamuno en noviembre de 1898, dejando así constancia de que la palabra, por él mismo subrayada, designaba por entonces a quienes, como él, hablaban de la regeneración de España. Muy poco tiempo después, Maeztu saludaba alborozado la irrupción de esta figura en la vida pública, destacando su servicio a valores universales: "El intelectual ha aparecido y frente a su mirada escrutadora no prevalece la mentira. O la Cruz o la Espada. Si la Cruz, bajen los pastores al medio del rebaño, ríndanse las armas, depónganse las ambiciones… Si la Espada, esclavicemos a los ilotas, exterminemos a los tullidos, adoremos al pensamiento vivo y fuerte, al brazo que lo impone, al verbo que lo expresa…".

Pero el hecho de que los intelectuales se hayan constituido como sujeto con nombre identificable a finales del siglo XIX no implica que sólo desde entonces pueda señalarse su presencia como un sector o una categoría social diferenciada, con conciencia de sí y hasta seguros de su común propósito, investidos de una misión que sólo a ellos competía. La cosa fue antes que el nombre e intelectuales existieron antes de que aparecieran "los intelectuales", aunque es discutible que lo designado con este concepto impreciso pueda aplicarse a alguna categoría social de la Edad Media sin tomar antes tantas cautelas que en realidad vuelven su uso impertinente. Pero es evidente que unos personajes muy similares a los que aparecen sustantivados a su final se mueven por toda Europa desde las últimas décadas del siglo XVIII. En Francia, Edmund Burke los había visto actuando como "political men of letters" que sustituyeron los favores de la Corte por sus propias sociedades o agrupaciones desde las que propagaron las ideas y valores que después tomarán cuerpo en la Revolución. En España, El Censor asignaba en 1820 a los "escritores públicos" la misión de denunciar los abusos y crímenes y en general los graves males que amenazaban a la sociedad, de modo que las autoridades pudieran prevenirlas y castigarlas. Y Mariano José de Larra les atribuirá quince años después, también como "escritores públicos", la responsabilidad de ilustrar a sus conciudadanos y la obligación de emitir por la imprenta una opinión cada vez que la creyeran fundada. Denuncia de males, ilustración de los ciudadanos, formación de una opinión pública, tres funciones propias de estos intelectuales aparecidos en escena antes de ser identificados como intelectuales.

Intelectuales existen, pues, desde que se forma una esfera pública de debate a la que acceden a título individual, libres de servidumbres corporativas o de lazos de patronazgo eclesiásticos o nobiliarios, los "especialistas en el trato con los bienes simbólicos", por decirlo con la conocida definición de Pierre Bourdieu. El intelectual, como lo define Bobbio, es alguien que "non fa cose ma riflette sulle cose", no maneja objetos sino símbolos, sus instrumentos de trabajo no son máquinas sino ideas. A partir de esa posición conquistada en el manejo de símbolos e ideas, los escritores públicos elaboraron grandes relatos sobre el pueblo y la nación como sujetos de la revolución contra el absolutismo. Más adelante, la progresiva transformación del Estado liberal en una dirección que desplazaba hacia políticos profesionales y encuadrados en partidos la tarea asumida por los escritores públicos como voz del pueblo, "inventores" de la nación y constructores del Estado, les hizo tomar una conciencia separada que acabó por convertirlos en intelectuales.

Fue decisiva para esa identificación del escritor público como intelectual la configuración de la vida moderna como Estado nacional y capitalismo, o como nación y capital, con una esfera de lo público alimentada por la imprenta y la prensa, por el club y el parlamento. Max Weber percibió a comienzos del siglo xx en los intelectuales a unos tipos "específicamente predestinados a propagar la idea nacional", y Joseph Schumpeter pensaba que hacer la sociología del capitalismo exigía realizar una incursión en la sociología de los intelectuales, una categoría que no consideraba fácil de definir porque cualquier profesional podía llegar a serlo aunque no todos lo fueran. Su presencia es, en efecto, indisociable de la sociedad capitalista, de la formación del Estado nacional y de la profesionalización de la actividad política pues, a diferencia de la sociedad feudal, sólo el capitalismo hizo inevitable la libertad de la discusión pública, asegurando, frente al poder político, una esfera autónoma en la que fue posible la institucionalización de espacios para un público de lectores, espectadores y oyentes, origen y destinatario de lo que ya en el siglo XVIII se conocía como opinión pública. Con el capital, surgieron las sociedades de lectura que aseguraban una audiencia más amplia a esos escritores capaces de transmitir sentido; se multiplicaron los lugares de conferencias, mítines o debates, oficiales y privados, en los que reinaba la palabra; se consolidaron los soportes impresos que permitían llegar hasta un gran público desconocido, enviar panfletos de agitación, editar folletos contra tal o cual acción de gobierno. Fueron esas posibilidades abiertas a lo largo del siglo XIX las que proporcionaron al intelectual un público de lectores y oyentes sin cuya existencia es impensable: si no hay público, no hay intelectuales. Como escribió Francisco Ayala, la intelectualidad depende del público, vive de prestar al público su trabajo.

Imprenta y club, artículo y mitin, escribir y hablar, "writing and talking", como lo dijo Gouldner; "mi pluma y mi lengua", como lo expresó Unamuno; "con la pluma en la mano", como lo había dicho Larra: tal es "el modo central de influencia" de esta "nueva clase", que obtiene lo que busca por medio de la retórica, publicando y hablando, contando una historia sobre el pueblo, la nación, la masa, la revolución, la clase obrera, con el variado propósito de agitar, protestar, movilizar, debatir, criticar, educar, guiar, controlar la memoria, transmitir sentido. Y es que, en efecto, aquellas gentes de letras, escritores, literatos, poetas, tomando la cabeza de un público alfabetizado pero todavía minoritario en sociedades de predominio rural, se constituyeron por la pluma y la palabra en el segundo poder que Herzen atribuía a los literatos rusos. Entraron ellos mismos en los parlamentos en los álgidos momentos de la revolución liberal o formaron con sus escritos y su palabra una especie de parlamento social que compensaba la falta o las limitaciones de los parlamentos políticos, en manos todavía, allí donde existían, de oligarquías terratenientes.

A partir del último tercio del siglo XIX, la mayor densidad y diversidad de profesiones liberales, el hecho de que quienes las practicaban comenzaran a pensarse colectivamente, su actitud crítica ante la política, añadido todo a la conciencia del nuevo poder que se derivaba de su encuentro con un creciente público lector contribuirá a la emergencia de esta nueva categoría social con un nombre propio. Hasta que, finalmente, fue la prensa la que acabó por configurar y difundir el primer tipo de "intelectual" que se reconoce a sí mismo como tal y se identifica con ese nombre. El caso es célebre: a raíz del affaire Dreyfus, Emile Zola imprimió su acusación contra el poder en forma de folleto, siguiendo la pauta que Voltaire había convertido en una verdadera industria: de la imprenta al corresponsal o librero pasando por una red progresivamente más densa de comunicaciones y transporte. Pero cuando estaba a punto de poner el folleto a la venta pensó que su protesta "obtendría más resonancia y publicidad si lo publicaba en un periódico". Pensado y hecho: L'Aurore había tomado también partido por Dreyfus, con una "independencia y un valor admirables", dos cualidades que en adelante reclamará el intelectual como propias de su condición. Zola se dirigió al periódico y encontró en sus páginas desde entonces "refugio y tribuna de libertad y de verdad desde donde pudo decir todo". Las páginas de L'Aurore y de Figaro acogieron gustosas las cartas y los manifiestos de protesta, convencidos sus directores de contribuir así a la defensa de valores universales, la libertad, la verdad, y a la mayor difusión de sus periódicos: hasta 300.000 ejemplares del número de 13 de enero de 1898 vendió L'Aurore, un éxito que compensaba los sinsabores acarreados por esa muestra de independencia y de valor.

Desde entonces, los rasgos que definen al intelectual estarán vinculados a la defensa de los valores de la justicia y la verdad hasta el punto de que Julien Benda consideraba en 1927 una "traición" que se hubieran dejado arrastrar por las pasiones políticas, especialmente la del fanatismo patriótico, en la que los alemanes habían tomado la delantera. En todo caso, traidores o no, precisamente por erigirse como vigilante de valores universales, el intelectual es indisociable de su capacidad para alcanzar resonancia y publicidad desde una tribuna de prensa, desde algún periódico, lugar históricamente privilegiado de su presencia pública. A fin de cuentas, no existe nada como "un intelectual privado" o, por decirlo positivamente, con Fernando Savater, "todo intelectual es mediático", lo que equivale a afirmar que no es posible pensar esta figura  sin el uso de los nuevos medios de comunicación desarrollados desde la invención de la imprenta y la aparición de un público lector: sin periódicos no hay intelectuales, por más que John Stuart Mill advirtiese de que "si se quería hacer algo en los altos niveles de la literatura y del pensamiento, escribir para la prensa no es aconsejable como recurso fijo", un consejo que Unamuno ni Ortega jamás tuvieron en cuenta.

Los intelectuales son por tanto inseparables de la formación de la sociedad civil y de los procesos de alfabetización y de difusión de los soportes escritos, de la aparición de una minoría lectora, instruida, de un "público", que Larra todavía no encontraba en el Madrid de los años treinta del siglo xix, pero cuya existencia daba por supuesta en Barcelona y Cádiz, no por casualidad ciudades mercantiles. A partir de su irrupción, y como ocurre con toda creación cultural, la figura del intelectual experimentará notables mudanzas, del mismo modo que se transforman el capitalismo y el ámbito de lo público y entra en crisis el Estado liberal. Del intelectual como sujeto individual a la intelectualidad como sujeto colectivo no hubo más que un paso, que se produjo desde el mismo momento en que la industrialización masiva y la sociedad profesional conoció un rápido auge a raíz de la Gran Guerra, y los intelectuales comenzaron a definirse por su competencia más que por su arte. Su modo de presencia, más que por el orgulloso aislamiento, se caracterizó entonces por la conciencia de formar parte de una minoría selecta que aspiraba a representar los intereses del todo. Así surgió la convicción de que los intelectuales aparecían en grupo, como generaciones, participando de un lenguaje común que les servía para entenderse entre sí y para enfrentarse con un lenguaje propio a una situación crítica.

Los graves conflictos sociales y políticos de la Europa de entreguerras y la crisis económica y política de los años treinta, también en España, favorecieron la aparición del intelectual que se sintió obligado a salir de su torre de marfil, como dirá el mismo Julien Benda diez años después de haber denunciado su traición, "para defender los derechos de la justicia contra la barbarie". Los intelectuales que habían manifestado su solidaridad con la República Espola, dijo Benda en Valencia, en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, no hacían más que permanecer en la línea abierta por los hermanos mayores, Spinoza, Zola, "aportando su adhesión al Gobierno de la España republicana sobre el que recae hoy el trágico honor de representar la causa de la Justicia y de la Libertad". Son los tiempos del intelectual que se adjetiva como revolucionario o antifascista, pero también como católico o fascista, y que no teme defender una causa o concebir su obra como arma e instrumento al servicio de un partido, lo que implica elevar a la causa o al partido a la categoría de valor universal, como si representara en un conflicto la verdad, la justicia o la libertad.

En España, la guerra civil y la derrota de la República dejó todo el campo a los intelectuales católicos, llamados a dominar con sus debates durante años toda la escena, hasta que aparezca, también como en Europa, la figura del intelectual comprometido, que de una protesta moral derivó una disidencia política con el sistema establecido y que, entre nosotros, tuvo su expresión en los jóvenes intelectuales que se desplazaron desde ideologías fascistas o católicas al marxismo en un momento crítico. Esta es la última figura de intelectual capaz todavía de crear un gran relato con pretensión de universalidad o, para decirlo con Lyotard, del intelectual que "identificándose a un sujeto dotado de valor universal, describe y analiza desde ese punto vista una situación o una condición y prescribe lo que debe hacerse para que ese sujeto se realice o para que su realización avance". Su decadencia, una vez consolidada la democracia, no anuncia el fin de la especie, porque a pesar del mucho debate que en los últimos años del siglo XX se ha levantado en torno al silencio y la muerte de los intelectuales, lo cierto es que su presencia se ha multiplicado y diversificado en la misma medida en que se han mostrado definitivamente incapaces de elaborar ningún nuevo gran relato al estilo de todos sus predecesores.

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De las sucesivas hornadas de intelectuales, tal como aparecieron en España desde la revolución liberal, y de los grandes relatos sobre la nación y el pueblo que elaboraron a partir de su diferente modo de presencia en la escena pública, trata este libro.Escritores de artículos para diarios o revistas como eran, el tratamiento que aquí recibirán estará regido por la cronología, no en el sentido de que, por venir unos después de otros, el conjunto constituya una evolución, sino en el sentido de que las distintas figuras de intelectual y lo que cuentan no pueden entenderse sin tener en cuenta el mundo cultural del que forman parte y las circunstancias políticas, muchas veces críticas, en las que intervienen con su palabra. Escribir para una publicación periódica es responder a una incitación del momento, presentar una determinada propuesta para un debate en marcha. Cuando habla o escribe para dejar oir su voz en una concreta circunstancia, el intelectual es un retórico que intenta persuadir con la palabra. Desvincular una determinada intervención de su específico contexto impide captar, además de la intención subjetiva del autor, el significado objetivo de su texto; entresacar una frase de un artículo de 1901 y pegarla a otra aparecida años después porque así se supone que se reconstruye el "pensamiento" o las "ideas" de su autor implica en el caso de conferenciantes y de escritores de artículos violentar el sentido de lo escrito y obligarlo a servir un propósito ajeno a la situación en la que pretendía intervenir. Significa además prescindir de la experiencia política como factor decisivo del contenido de su relato.

La mayoría de los intelectuales que habitan estas páginas escribía para el momento preciso en que aparece su artículo o, menos habitualmente, su libro. Ortega, que fue algo más sistemático, es sobre todo un escritor de periódico, que interviene con su palabra en cada ocasión. Por eso, es imperdonable pegar trozos de aquí y de allá, situarlos mal, arrancar una expresión que en su contexto es irónica para convertirla en una consigna, como lo es también no especificar la fecha de la cita y hasta el medio en que aparece. Por ejemplo, no tiene ningún sentido aducir un apunte de Machado sobre "Los milicianos de 1936" para demostrar la estima en que los intelectuales del 98 tenían al "pueblo": la voz "pueblo" adquirió hacia 1930, y sobre todo desde 1936, un significado que no pudieron atisbar en la crisis de fin de siglo los escritores del 98. Como puede ser también causa de errores irremediables tomar como buena la reproducción de sus propios textos realizada por sus autores y convalidada por sus discípulos o editores: en una historia tan dramática como la española del siglo XX, con un larguísimo periodo dominado culturalmente por intelectuales fascistas y católicos, no pocos escritores han tratado de difuminar o modificar las huellas del pasado, suprimiendo párrafos, cambiando frases o atribuyendo anacrónicamente a un momento anterior actitudes a las que sólo llegaron con el paso del tiempo y la acumulación de nuevas experiencias políticas, entre ellas, definitivas, las de la derrota de sus originales proyectos de intervención en la política.

El hecho de que el escrito lleve siempre una fecha quiere decir que es incomprensible si no se tiene en cuenta el momento social y la circunstancia política.  Como Ortega recordaba con toda razón en una polémica con Luis de Zulueta, "la palabra política sólo vale como un acto de escorzo. Por eso depende su sentido -su sentido político, que es cosa muy distinta de su significado teórico- del momento en que sea pronunciada". Las ideas de la mayoría de estos intelectuales no tienen una vida propia, transcendente; son cambiantes, porque expresan por la palabra diferentes experiencias políticas, decisivas en la configuración de sus relatos. Por eso, constituye otra mutilación tratar las ideas en sí mismas, como dotadas de una existencia transcendental, sin referirlas a la circunstancia en que fueron expresadas. La célebre conferencia de Ortega, "Vieja y Nueva Política" es ininteligible, o es poco más que una ocurrencia, si se olvida su directa relación con el momento de crisis que atraviesa desde enero de 1913 la política de turno liberal y conservador; como sería improcedente tomar Apelación a la República de Azaña sólo como un momento de una supuesta evolución ideológica dejando de lado su principal clave como intento de respuesta política colectiva al golpe de Primo de Rivera. Por más que el léxico sea a veces idéntico entre miembros de diferentes generaciones, la intención del discurso que se vale tantas veces de las mismas palabras es diferente, como distinta es la significación de la palabra. Esto es un lugar común que no sería necesario recordar si no fuera porque la moda actual es la contraria: referir los textos a los textos, como si la práctica y la experiencia, la acción en definitiva, no tuvieran nada que ver en la elaboración de las retóricas políticas, en la invención de metáforas, en la creación de mitos, en la construcción de identidades colectivas, en la creación de grandes relatos sobre la nación. Como no comparto esta manera de tratar los textos, aquí aparecen todos, siempre que ha sido posible, citados literalmente, para que se oiga lo que dicen en su propia voz, y con la fecha exacta de su publicación, de manera que pueda oirse a sus autores sabiendo en qué momento hablan.

Además de un impresionante volumen de escritura pública, todos los intelectuales de los que aquí se trata son autores de una abundantísima correspondencia. Para el propósito de este libro, que trata de indagar en las diversas retóricas y diferentes tipos de intervención pública de los intelectuales, una carta privada no debe merecer, como escribió el mismo Ortega de una escrita por Unamuno, grande atención: el correo privado, en efecto, "apenas si sirve de otra cosa que de manso cauce al río turbulento de las impertinencias individuales". En estos análisis de la intervención de los intelectuales en la esfera pública sólo me interesan, por seguir diciéndolo con palabras de Ortega, "las acciones y los problemas públicos", no la vida privada. Lo que a mi propósito importa es la manera de presencia pública de los intelectuales y los relatos en que se encuentran e identifican como grupo generacional: qué hacen y dicen los intelectuales cuando intervienen en el debate público. No se trata, pues, de indagar en trayectorias personales, ni adoptar la mirada del mayordomo, feliz cuando puede meter el dedo en el ojo del señor, sino de entender su presencia y su intervención como personaje público.

Esa presencia tiene dos expresiones: una se sitúa en el plano del discurso; otra en las propuestas de acción. Mi intención es establecer un vínculo entre uno y otra, no en el sentido de que el discurso determine a la acción, o viceversa, sino que ambos aparecen mediados por la experiencia personal o colectiva del intelectual o de grupos, normalmente generacionales y con conciencia de serlo, de intelectuales. En lo primero, y desde la revolución liberal, los discursos dominantes de los intelectuales han girado en torno a tramas narrativas que tienen a la nación como núcleo argumental. Cuando llamo a estos discursos retóricas no lo digo en el sentido del buen hablar, ni desde luego en el de utilización de engañosos solecismos, sino en el de recurso a determinados lugares, imágenes, metáforas, con objeto de persuadir a un público para que se adhieran a determinados valores o persigan determinados fines; retórica, pues, como lenguaje de persuasión que busca la adhesión de oyentes y lectores y les incita a algún tipo de acción; retórica, en definitiva, al servicio de grandes relatos que confieren sentido a la acción presente por una inmersión en el pasado de la que se derivan propuestas para el futuro. Y en este punto cabe un buen número de opciones, desde el intelectual que se limita a agitar los ánimos al que pugna por controlar posiciones de poder estatal desde las que imponer una política cultural pasando por el que busca una influencia social desde instituciones como clubes, ateneos o medios de comunicación.

Pero el intelectual, ni que sea Ortega, está nunca solo: vienen en grupos, habitualmente generacionales. Sin tomar la voz "generación" demasiado en serio, lo importante es que las experiencias son colectivas, que las viven en determinados ámbitos de sociabilidad y que se enfrentan a ellas con un lenguaje común y unas actitudes compartidas. Su principal trabajo, como intelectuales, no como teóricos o pensadores, es la creación de una trama narrativa sobre lo que está ocurriendo bajo su mirada. En España, desde la revolución liberal, esos relatos han tenido como sujeto, de manera abrumadora, la misma España, que fuera una o dos, que fuera la verdadera o la espuria, y el pueblo español, que fuera amante de la libertad o de la tradición, católico y monárquico o ateo y republicano. A esas historias contadas desde los más diversos soportes no se puede atribuir una autoría individual, aunque en cada generación surgen unos cuantos personajes que determinan en gran medida el léxico y la trama. Por eso, aquí aparecerán muchas voces entrecruzadas, para que se vea que el relato no es una ocurrencia de tal o cual intelectual, sino que es cosa común y con entidad suficiente para impregnar durante un período más o menos largo de tiempo la conciencia colectiva con metáforas y mitos en directa relación con alguna crisis, más o menos traumática, de la que pretenden dar cuenta. El pueblo en guerra por su independencia y su libertad; la anomalía y decadencia, la muerte y resurrección de España; la nación dormida, inconsciente de que un poder ajeno le impide crecer; la vieja y nueva España; el romance del pueblo en guerra contra invasores y traidores; el mito de la única España verdadera contra la Anti-España espuria y extranjera, son algunos de estos relatos que han gozado de particular vigencia. De los intelectuales que los elaboraron, de sus vivencias como grupos, de sus experiencias colectivas, de sus expectativas y de su acción desde los medios a sus alcance, sea el periódico, la cátedra o la jefatura de algún servicio de propaganda, es de los que tratan las páginas que siguen hasta llegar a la explosión del sujeto colectivo "los intelectuales" en los años 70 y 80, que en España coincide con la instauración de la democracia, pero que es un fenómeno de alcance universal.

En una historia que abarca un periodo tan largo de tiempo he procurado no caer nunca ante lo que Marc Bloch llamó ídolo de los orígenes, particularmente dañino porque tiende a planear con especial frecuencia sobre la historia de las ideas o del pensamiento político. Aquí no hay precursores, ideas en gestación, gérmenes, orígenes, evoluciones o desarrollos, sean orgánicos o inorgánicos, como no hay tampoco culminaciones, cimas, puntos de llegada. Nadie es considerado pre o proto nadie ni nada: no es mi propósito determinar si tal escritor es protonacionalista, por ejemplo, o prefascista. Sin duda, como ha escrito Harold Bloom, "una nueva metáfora, o una figura retórica inventiva, siempre implica partir de una metáfora previa"; siempre es posible encontrar elementos de un determinado relato en relatos posteriores. Nadie pondrá en duda algo tan obvio como la existencia de tradiciones de pensamiento, de influencias de una obra sobre otra. Pero, entendidos como respuesta a cada momento histórico -una revolución, una guerra, una crisis política, un proyecto de dominación- cada relato tiene sentido en sí mismo y lo que con él, o con sus elementos, hicieran gentes que vinieron después es responsabilidad de éstos, no de aquel que se presume su origen. Balmes, que habló de innovadores y tradicionales, no tiene ninguna responsabilidad en el mito de España y Anti-España tal como los recitaron los obispos Gomà i Tomàs y Pla i Deniel, catalanes como el mismo Balmes; ni Machado en lo que con él hiciera Ridruejo cuando salió a su rescate. Este libro no es una historia de ideas sino de tramas narrativas que tienen que ver siempre con el presente aunque hablen del pasado y anuncien un futuro. Evita, por tanto, la tentación de considerar lo que cuentan como culminación de lo que ya estaba en germen cien años antes: los relatos no germinan como las semillas; son otra cosa. La tentación de hacer con ellos una especie de historia transcendental, como si fueran desarrollándose en unos y otros sujetos individuales que actuarían al modo de receptores en los que van floreciendo, reduce la compleja relación de influencia a una mera evolución casi biológica e impide plantear la cuestión central de la responsabilidad de lo que cada individuo o grupo ha leído en su antepasados. Parafraseando a Bloom, se podría decir que cualquiera de estos grandes relatos lee de una manera errónea -y creativa- y por tanto malinterpreta, un texto o textos precursores. No sólo eso, cualquier gran texto o textos de un tiempo anterior puede ser leído de un número ilimitado de maneras erróneas -y creativas- y por tanto puede dar pie a numerosas y contradictorias malinterpretaciones en un tiempo posterior.

Por eso los capítulos de este libro pretenden encontrar su lógica interna en el gran relato que les da sentido y por eso se entretienen en el dibujo del grupo de intelectuales que lo sostiene, sin presentar, ni al relato ni al grupo, como fases de una evolución que se despliega en el tiempo, al modo que tanto gusta y tantos estragos produce entre los historiadores nacionalistas: cada grupo o autor es reponsable del relato que cuenta. No están todos los que son -ni podrían estarlo- aunque espero que sean todos los que están. Que sean, quiero decir, intelectuales, un concepto difuso donde los haya, pero que aquí se refiere específicamente a los creadores de un gran relato histórico que pretende dar sentido al presente y abrir perspectivas para el futuro y que alcanza, a través de la palabra y la escritura, una amplia difusión en el público. Intelectual, como se sabe desde Sartre, es todo aquel que habiendo alcanzado en su materia o campo -literario, científico, artístico- una determinada notoriedad, sale de su competencia, abusa de su celebridad, se une con otros y firma un manifiesto o interviene con la palabra o la escritura en cuestiones que no tienen relación directa con la materia o campo a los que deben su fama. Pero esta es la concepción más amplia de la figura. Más estrechamente, intelectual es el creador de discurso, habitualmente sobre la nación, pero también sobre la revolución, el proletariado, el pueblo, la raza y otros sujetos de similar índole, capaz de prender en un público amplio. Ha habido un tiempo de grandes relatos elaborados por intelectuales, el que comienza con la Revolución francesa y termina con el hundimiento de los regímenes comunistas. Desde entonces, la figura del intelectual se ha transformado tan radicalmente que muchos han anunciado su fin, su muerte, su desaparición o su silencio. No comparto esa opinión. Pero sí que la figura del intelectual como inventor de grandes relatos ha hecho mutis y su retorno ni se espera ni sería, en el improbable caso de producirse, bienvenida. Y del mismo modo que la cosa fue antes que el nombre, hay intelectuales después de "los intelectuales" o sea, de los inventores de grandes relatos, pero aquí habrá bastante con seguir algunas de sus distintas maneras de ser y aparecer en escena tal como se dieron en España desde que inventaron una tradición para contar una revolución hasta que descubrieron el lenguaje de democracia.


Santos Juliá

Historias de las dos Españas

Madrid, Taurus, 2004, 562 páginas

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